1º Premio en el XX Concurso de Narración del Instituto de Cultura Peruana

-2011-


PATRICIA SCHAEFER RÖDER

 Nació y se crió en Caracas, Venezuela, donde obtuvo la Licenciatura en Biología y publicó sus primeros ensayos. Vivió en Heidelberg, Alemania y en Nueva York, EEUU. Allí retomó el oficio de escribir y se dedicó a la traducción y las artes editoriales. Desde el año 2004 vive en Guaynabo, Puerto Rico, donde dirige su propia empresa de traducción y producción editorial. Los escritos de Patricia han sido merecedores de premios nacionales e internacionales, apareciendo publicados en diversos medios. Su antología de relatos cortos Yara y otras historias publicada en julio de 2010 por Ediciones Scriba NYC es su trabajo más reciente. Obtuvo el Primer Premio en el XX Concurso de Narración del Instituto de Cultura Peruana.

 


IGNACIO

 

Desde la ventana de mi habitación te veo andando. Vas como siempre, con la mirada perdida y dejándote llevar por una inercia que no he podido descubrir de dónde te sale. Así te desplazas, sin ritmo ni huella, por las calles de nuestro vecindario.

Ignacio, Ignacio. Te conozco desde que tengo memoria. Ya cuando éramos niños me parecía que eras alguien poco común. Eras un niño muy callado. Bello y callado. Me fascinaba lo bien que te portabas y lo educado que eras. Me intrigaban el suéter cuello de tortuga y el pantalón largo en el calor sofocante de todos los días del mundo en un niño de tan sólo siete años. Tampoco entendía por qué nunca te dejaban jugar en el patio con el resto de los chicos del edificio. Creo que era para que no te ensuciaras.

En tantos años subiendo y bajando juntos los ocho pisos que separaban nuestras casas de la calle, sólo cruzamos un puñado de palabras. A pesar del poco contacto que tenías con los vecinos, todos sabíamos de tus salidas y tus llegadas. Te delataban los portazos con saña que estremecían todo el edificio. Puerta y reja. Reja y puerta. Las tirabas casi con furia; me sorprende que no se rompieran del apaleo diario. Y tú ni te inmutabas.

Cuando llegamos a la adolescencia me propuse incluirte en mi lista de personas importantes. No fue fácil; tuve que convencerte de que querías conocerme mejor y luego, de que querías ser mi amigo. Llegaste a ser uno de mis amigos más cercanos. Por mucho tiempo sabíamos exactamente qué hacía el otro en cada momento del día. Éramos casi uno solo, ¿recuerdas?

Ignacio, eres bien parecido. Alto, de cabellos castaños y ojos indefinidos. Tienes los rasgos de tu padre, aunque no lo sepas. O tal vez sí lo sabes, pero no lo quieres admitir. Últimamente te ha dado por adoptar un estilo mesiánico que francamente no te va para nada. Más bien te ha vuelto casi invisible; tanto, que si desapareces del mapa algún día, nadie se daría cuenta.

Mi querido amigo, eres un ser humano muy noble. Serías incapaz de herir a nadie... yo sé, yo sé, excepto a tu padre. Lo odias con todas tus fuerzas. Pero lo peor de todo es que ese odio ni siquiera es propio; te lo inculcaron desde que naciste, y te lo siguen alimentando día tras día. Tus padres nunca se llevaron bien; el suyo fue un matrimonio arreglado desde la pubertad entre dos familias ricas. No me extraña que después de cumplir con el deber de engendrar un hijo, tu padre los haya abandonado a ti y a tu madre. No te quedó más remedio sino criarte con tu mamá y tu nana, aprendiendo día a día a odiar a tu padre un poco más. Tu madre quedó postrada por un accidente cuando sólo tenías cinco años, y tú mismo te impusiste la tarea de cuidarla y hacerte cargo de ella todos los días de su vida. Los tres se quedaron enganchados en ese primer apartamento del matrimonio, desarrollando una relación de simbiosis agobiante y enfermiza. Tu madre no quería que nadie más la atendiera sino tú. Ni siquiera Nana, con quien ella misma se crió en aquella casa grande de la sociedad. Y tú de alguna manera te sentías responsable de ella y no dejabas de cumplir sus deseos. Te convertiste en el hombre de la casa.

Tan inteligente y apuesto como eres, Ignacio, sigues siendo un niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Estás convencido de que eres el centro del universo. Crees que la vida te debe todo; te parece natural que todo se te dé, sin necesidad de luchar por nada. Quieres tener lo que te apetece, aunque para ello tengas que pedir prestado. Con el paso de los años has llenado tu vida con los artefactos más originales de las mejores marcas, aunque tal vez ni los uses. A los cuarenta y tres años, aún vives con tu madre y con Nana. Nana te consiente y te cuida más que a un hijo; te deja dormir hasta tarde y no permite que nadie te moleste sino hasta que te levantes por ti mismo, para tenerte el desayuno listo en cuanto sales del baño. Hace todo sin que se lo pidas; te prepara el almuerzo y la cena a cualquier hora que regreses de la calle. Para ti todo eso es normal; no tienes siquiera una responsabilidad económica en tu casa y te dejas servir de todas las formas posibles. Yo sé que quieres mucho a Nana y que de alguna manera te ocupas de ella, pero ¿no te parece que, a su edad, enferma, y después de haber sido también la nana de tu mamá, dejarla vivir en un cuartito de menos de 2 por 2, abarrotado de cajas hasta el techo, con las ventanas cerradas y bloqueadas, y lleno todo de plantas y de jaulas de aves; cocinando, limpiando, lavando, planchando y recogiendo todo por ti de lunes a lunes es un poco triste? Tal vez ella merezca un poco menos de ese cariño y un poco más de acción de tu parte. No sé, digo yo…

Siempre fuiste del tipo intelectual y muy leído; a veces incluso con ciertos destellos de genio. Sabes de ciencia y de historia; de política y de farándula; de economía y de deportes. Es muy interesante charlar contigo; puedes conversar sobre casi cualquier tema durante largo rato, sin importar si hablas con una mujer, un hombre, alguien estudiado, alguien simple, pobre o rico.

Varias mujeres se sintieron atraídas por ti en diferentes momentos de tu vida. De cualquier manera, eres un experto en ahuyentarlas. Lo logras con tan sólo una frase. Así de simple. En cuanto entras en confianza con alguien, empiezas a mostrar tu lado gris. Abres la boca y todo tu atractivo se va por el caño. Eres demasiado deprimente. Las mujeres que se enamoraban de ti, optaban por tirar la toalla. Tus resentimientos, tus odios y tus depresiones terminaban por cansarlas. Insistes en echarle la culpa de tus fracasos a los demás: a tu padre, a tu familia, al gobierno y al país, cuando en el fondo sabes que el responsable de tus problemas eres tú mismo. Tú y tu madre. Las pocas mujeres con complejo maternal resistían un poco más antes de huir, pero tarde o temprano también lo hacían. “Se vuelve insoportable”, me comentaban. “Cada vez que hablábamos, terminaba deprimiéndome”. “Siempre está mal; yo no quiero estar con alguien así”; y cosas por el estilo, que yo sabía y callaba.

Hasta que conociste a Elena. Fue en una fiesta en mi casa. Ni recuerdo la ocasión; tal vez mi cumpleaños, o mi graduación de la universidad. Lo cierto es que los presenté y no dejaron de hablar en toda la noche. Estaban como en un mundo paralelo; seguían hablando en la terraza hasta mucho después de que el último invitado se había ido, y yo me había retirado para dormir. Elena es una gran amiga mía desde hace muchos años. Una mujer extremadamente dulce pero fuerte al mismo tiempo, que pasó por épocas muy difíciles en su vida y se fue haciendo a sí misma con coraje, esmero y constancia. “Esta es la mujer perfecta para Ignacio; ¿por qué no se me ocurrió antes?”, recuerdo haber pensado cuando los presenté aquella noche.

Al día siguiente me llamó Elena para comentar sobre ti, y por otro lado, tú tocaste a mi puerta para hablarme de ella. Discreta como siempre, me divertí escuchando la versión que cada uno daba del otro. Estaban totalmente flechados, y yo contenta de haber hecho una buena obra. Salieron juntos esa noche. Y la siguiente tarde. Entraron en una espiral descendente, dejándose llevar por la atracción y la novedad, inmersos en una constelación cuajada de tilines y violetas.

Dejaste de transmitir una existencia gris añeja y comenzaste a cuidar más de tu aspecto. De pronto usabas una colonia que inundaba todo a tu paso cuando salías de tu casa, dejando un masculino olor a pino recién cortado que me decía que ibas a verte con ella. Elena también empezó a ponerse ropa más atractiva, haciendo derroche de sus cualidades femeninas en escotes bien colocados, faldas elegantemente entalladas y tacones perfectamente escogidos. Volaban solos en su mundo y yo me sentía como una especie de cupido en la era digital.

Elena me comentaba lo dulce que eras y lo tanto que te gustaba que te abrazaran con fuerza. “A veces parece un niño”, me decía. Yo sabía lo de los abrazos desde mucho tiempo atrás, cuando comenzamos a ser amigos y noté que aprovechabas cualquier ocasión para dejarte abrazar, y me pedías que te estrechara fuertemente. Y así lo hacía.

Mi amiga estaba fascinada con tu intelecto y tu buen carácter. Decía que tenías mucho potencial, que podías explotar y refinar aún más tus conocimientos para llegar muy lejos como científico o médico. Esa misma opinión la compartíamos todos, y por eso recibías consejos gratuitos de parte de cualquier persona en cualquier momento. A ti te entraban por un oído y te salían por el otro. O al menos así parecía. No querías herir a nadie que quisiera ayudarte. Tenías demasiados buenos sentimientos como para molestarte abiertamente por los comentarios de los demás.

Tu relación con Elena se fue desarrollando de una manera muy positiva para ti. Elena te fue rescatando de la inercia en que te movías y tú te dejabas llevar por esa maravillosa hada madrina que te enseñaba lo que significaba vivir con intensidad. Te sacudiste la modorra y te inscribiste en una carrera científica para saciar tu espíritu inquisitivo. Buscaste un empleo por horas que podías combinar con los estudios, y te uniste a un grupo coral para dejar salir tu inmensa felicidad de una manera artística. El cambio fue notable; se te veía más asertivo, más positivo y más fuerte. Casi me enamoro yo también de ti.

Lo único en lo que no pudo imponerse Elena fue en que la presentaras en tu casa. Elena ya había hablado varias veces por teléfono con tu mamá y tu nana, pero tú no tenías ningún interés en que se conocieran en persona. Ella tuvo paciencia y decidió esperar. Estaba segura de que en algún momento tendría que ocurrir.

Aunque yo me sabía entre las pocas personas privilegiadas que conocían el misterio que se escondía detrás de las puertas de tu casa, no entendía bien tu negativa a que Elena conociera a tu mamá y a Nana. No eran excusas suficientes la postración de tu madre y la enfermedad de Nana; para Elena todo tenía arreglo. Ella salía adelante en cualquier circunstancia. El encuentro podía ocurrir en cualquier restaurante o en algún parque; no tenías que mostrarle necesariamente el desorden sofocante que reinaba en esa cueva que los tres habitaban y que difícilmente podía llamarse hogar. Pero tú te mantenías firme y ella te daba tiempo.

Pasaron los meses de lluvia inundándolo todo de agua y de luz. Ustedes se querían abiertamente; cuidaban el uno del otro, compartían las horas y los sucesos diarios. Estaban felices y brillaban con luz propia. Tu aura relampagueaba con fuerza a tu alrededor, llenando los espacios y transformándolo todo, como un Midas que acababa de despertar de un largo sueño comatoso.

Y un día de noviembre sucedió lo que tanto temías. Elena te vino a recoger para salir, pero esa vez subió a tu casa y Nana le abrió la puerta. Confiada, Elena entró hacia las habitaciones buscándote y te encontró queriendo salir del cuarto de tu mamá en calzoncillos. Cuando se asomó para conocer finalmente a tu mamá, vio la cama totalmente revuelta y tu ropa en el suelo. Elena salió de ahí sin decir palabra y no regresó más nunca. Tú tampoco la llamaste. Destrozada, al día siguiente desahogó sus penas conmigo. Siempre supe que andabas en calzoncillos por tu casa; a veces creo que ni eso usabas. Y aunque nunca me metí en tus cosas por aquello de “vive y deja vivir”, tienes que admitir que la mayoría de la gente no comprende esa clase de conducta, mi amigo.

A partir de ahí te fuiste en picada arrebatada. Estuviste un tiempo sin salir de tu casa para nada. No te ocupabas siquiera de tu aseo personal. ¿Para qué, si igual no dejabas entrar a nadie al apartamento? El muchacho del supermercado traía los víveres y yo te dejaba el periódico frente a la puerta. Dejaste la carrera, el trabajo y el coro. Más bien parecía que ellos te estaban dejando a ti.

Nos tenías a todos alarmados. No sabíamos qué hacer para ayudarte. Tu abuela, que siempre te quiso mucho, pero nunca te tomó en serio, te obligó a inscribirte en la carrera de medicina. Pensaba que tal vez el sacudón te había cambiado el orden mental. Empezaste el primer semestre a regañadientes y como tristemente vaticiné, no lo llegaste a terminar. Entonces caíste en un ciclo de comenzar miles de empresas y abandonarlas a medio camino, o antes. Tenías problemas para determinar tus prioridades. No sabías realmente lo que querías. Vivías en un mundo irreal; te hacías daño a ti mismo soñando con cosas que nunca ibas a lograr.

En algún momento te viste en el espejo y te reconociste como un fracasado. Se recrudecieron tus depresiones, que te golpeaban y te aplastaban volviéndote papilla. Ni siquiera los abrazos te ayudaban ya. Estabas agobiado. Dormías de día y te quedabas despierto toda la noche. Lo único bueno de tu crisis era que te hacía tenerte lástima de ti mismo, justificando tu estado deshilachado y cercenado. Por eso no hiciste nada para combatirla. Al menos las depresiones eran tuyas.

Llegó el punto en que ya ni te preocupabas por hacer la finta de que algo te importaba. No salías adelante en ningún plano. Tenías excusas para todo. No trabajabas. No estudiabas. No producías. Eras un mantenido. Sólo anhelabas que tu vida se arreglara por sí sola. Tu mente desesperada había quedado en blanco y lo único en que podías pensar era en la herencia que te tocaría cuando tu abuela se despidiera de este mundo. Te volviste un resentido profesional. Resentías a tu familia por estar en mejor situación que tú. Resentías a la sociedad, que los excretó a tu madre y a ti cuando cayeron en desgracia económica, como un poro que vierte su sucia carga fuera del cuerpo. Resentías al país porque decías que nunca te dio una oportunidad. Pero sobre todo resentías a la vida que te tocó vivir; esa que, según tú, te fue impuesta por el destino y de la cual eras tan sólo una víctima. Para ti, el esfuerzo, el trabajo, el carácter y la lucha eran cuentos de camino; todo dependía de la suerte que tenía cada quien. Y la tuya era la peor.

Pasaron muchos años. Un día era el clon del otro en una especie de otoño perenne y mohoso. Entonces, la semana pasada, Elena me vino a visitar a casa. Se veía radiante, satisfecha y plena. Cuando esperaba el ascensor para bajar, saliste de tu apartamento. Ambos se sintieron incómodos, pero hubiera sido demasiado descortés que regresaras por la puerta, así que bajaron juntos. Se quedaron hablando unos pocos minutos en la entrada del edificio; uno le preguntó al otro qué había hecho en esos quince años que de repente parecía que no hubiesen pasado jamás. Los dos quedaron descompuestos por el resto del día. De la semana. Elena me llamó para contarme y yo escuché discreta lo que me decía. Tú no confiaste en mí esta vez. Mi amiga me confesó espantada lo mal que te sintió y el dolor que le dio verte en ese estado. Que la dejaste preocupada. ¡Ay Ignacio, aún haces que todos se preocupen por ti! ¿Cuándo vas a madurar? Se te pasmó el espíritu, amigo. Te quedaste empantanado en ese pequeño mundo de cajas y rencores que guardas en tu casa y en tu ser. Me parte el corazón ver cómo te consume tu alma engangrenada. Quisiera abrazarte fuertemente hasta sofocar la última de tus penas y colorear el gris que te aniquila. Sabes que a pesar de que ya no nos vemos tanto como antes, yo te sigo queriendo igual; aun si sólo te miro por la ventana de mi cuarto, caminando por las calles del vecindario.

El resto de la semana lo pasaste igual, pero un poco más estropeado que de costumbre. No te levantaste a las 11 sino a las 3, y saliste de tu casa a las 4 de la tarde. Tal vez ibas a visitar las tiendas de aparatos electrónicos para discutir con los vendedores sobre las mejores marcas y los modelos más avanzados. Después de un tiempo escogerías algo inútil y prohibitivo que luego tendrías que comprar a crédito. Igual que siempre, desde siempre.

Pero hoy me sorprende verte desandando las calles como un fantasma. Los niños apenas están entrando en la escuela. Las tiendas aún no abren. ¿Adónde vas tan temprano? Pasas la escuela. Una calle más y lentamente te acercas a la avenida, esperando no se qué entre dos carros estacionados al lado de la acera. Sabes que estoy en la ventana. Volteas a verme un momento. No te mueves. Raudos pasan los carros, los buses y los camiones que llevan rato rodando por la ciudad. De pronto abres tus brazos y subes por la calle, como queriendo abrazar a alguien que se acerca. Y quien se acerca velozmente por la bajada es un enorme camión de volteo cargado de escombros. Me miras, sonríes y te dejas abrazar una vez más.

 


Primer Premio en el Concurso del I.C.P. 2010



TERESA NASARRE

Nace en un pueblecito medieval de Aragón (España) y cursa sus estudios de Filología Inglesa en la universidad de Zaragoza y en Londres (Teacher Training Institute). En los años 90, dirige una importante red de talleres de lectura por todo el territorio español, en los que participaron miles de estudiantes. Gana su primer concurso literario, auspiciado por el entonces Gobierno de la Nación, con un relato titulado La paz (1982). Le seguirán otros hasta que, en el 2000, publica su primera novela: Al otro lado, con la que ganará el VI Latin Book Award al mejor libro de misterio escrito en español (Chicago, 2004). Asimismo, ha publicado varios artículos en inglés acerca de la extraordinaria vitalidad de la comunidad latina y su potencial en la sociedad americana. En la actualidad, Teresa Nasarre vive en Nueva York, donde trabaja como profesora. Obtuvo el primer premio en el XIX concurso de narración del Instituto de Cultura Peruana.


EL AROMA DE LOS SUEÑOS

Quizá tuve otra vida y, antes de reencarnarme en Isabel Cruz, no fuera más que un espíritu vagando por el cosmos a la espera de un cuerpo con el que regresar a saldar viejas deudas. ¿Quién sabe? A lo mejor esta figura en la que me reconozco en el espejo —estatura mediana, pelo castaño, ojos de miel—, secretaria en una escuela de secundaria del bajo Manhattan durante el día y escritora de relatos que nadie lee durante la noche, sea sólo el instrumento de ese espíritu y mi vida tenga un sentido más allá de recoger cada mañana las tarjetas de los maestros que han llegado tarde, asignar substitutos a los ausentes y rellenar un formulario tras otro durante las siguientes ocho horas. Así es el trabajo con el que, lentamente pero sin pausa, voy subiendo los arduos peldaños de un sueño americano en el que no consigo vibrar, como si dentro de mí existieran deseos desconocidos que me desviaran del rumbo que sigue este país.

Allí está mi infancia española impidiéndome entrar en un McDonald’s sin escuchar el eco de las prevenciones de mi abuela, en el madrileño barrio de Lavapiés, contra toda comida que no hubiese sido preparada en casa o por manos amigas, lo que me obliga cada invierno, sin importar lo cansada que llegue del trabajo, a poner en la cazuela la morcilla, el hueso de jamón o la oreja de cerdo que compro a tres paradas de metro, y que cuezo con garbanzos y verduras, inundando mi cocina del recio aroma de Castilla, tan concentrado e intenso que, de abrir la ventana, podría derretir la nieve en el exterior.

Mi diminuta cocina, en mi diminuto apartamento del Upper West Side, es sin duda el lugar donde se produce la alquimia que me permite todos los días llevar al trabajo, en el interior de un tupper wear, el espíritu por el que todavía respiro y que, de otro modo, la maquinaria laboral americana aplastaría. También es el lugar donde escribo esas historias que nadie lee, mientras me pregunto qué hago viviendo dos vidas: una durante el día, transcurriendo por el cauce de reglas y horarios ajenos, y otra secreta en mi cocina.

Con las manos embadurnadas de harina, viendo chisporrotear el aceite en la sartén, redondeando albóndigas o cortando en estrechas tiras los pimientos verdes, comienza mi transformación. Cada aroma me transporta empujando mis palabras. Nunca me había resultado tan fácil escribir. Por eso, empecé a experimentar con la cocina, aprendiendo otros tiempos y modos de cocción, incorporando ingredientes de otras culturas… hasta que empezó a suceder.

Al principio, creí que lo había soñado. El viaje por mar en una carabela que me llevaba a América como doncella de la esposa de un gobernante. Mi traje de terciopelo rojo, demasiado pesado y largo para el calor local. Nuestra entrada como séquito real en una fortificación española situada en lo que me parecía una región inca o azteca, aunque en mi sueño no fuera consciente de eso ni de otra cosa más allá del asombro que me causaba todo lo que me rodeaba, una sensación que siguió acompañándome incluso horas después de haberme despertado.

Sólo que no estaba segura de que hubiera sido un sueño o no lo habría encontrado escrito en mi cuaderno de notas, algo que por otra parte no recordaba haber hecho, pero ¿no es, acaso, escribir lo mismo que soñar? En aquel momento tampoco quise darle más vueltas al asunto hasta que, varios días más tarde, cuando hacía empanadas de yuca y mi cocina se impregnaba del aroma de la fritura, sucedió de nuevo.

Allí estaba otra vez, en aquella tierra extraña. Corría el año 1580 —así al menos rezaba la placa de la iglesia recién construida en la misión, a la que solía acudir acompañando a mi señora—. Allí una tarde conocí a Tapacutec, el hijo de una familia de artesanos indios, a quien los conquistadores habían reducido a la condición de siervo, pero sin someter la viveza de sus ojos, en los que parecía anidar un conocimiento propio, profundo y perturbador, que me atrajo como un abismo.

Me desperté bruscamente sobre la mesa de la cocina, junto al cuaderno en el que, sin tener memoria, había vuelto a anotar todos los detalles de aquel sueño: Las cómplices miradas que Tapacutec y yo disimulábamos en público, la agitación que me embargaba en nuestros encuentros prohibidos mientras iba conociendo los secretos de su mundo.

Cangrejos criollos, ceviche de camarones bañados con limón, al que una vez me atreví a añadir un poquito de champán. Cada noche mi cocina se llenaba de nuevos aromas que arrastraban consigo más y más imágenes, sin necesidad ya de dormirme. Todas ellas flotando en el vapor o en el humo de cada guiso mientras mis palabras corrían tras ellas, tratando de atraparlas antes de que se desvanecieran en la nada.

Pájaros exóticos, cultivos de maíz, ofrendas al Sol y a la Lluvia. Tapacutec me hablaba de un mundo que celebraba la vida, tan diferente de la sobriedad castellana y su obsesión por el pecado. Y, sin embargo, también había belleza en aquella existencia europea que yo le describía. Como artesano de la piedra, Tapacutec se llenaba de deseo al visualizar las murallas, catedrales, monasterios y castillos de mis historias. Nuestros cuerpos enlazados no eran más que la prolongación de aquella fusión en la que, perdidos, no éramos conscientes de que estábamos creando un mundo propio y peligroso, desafiando a la autoridad colonial, que niega al otro para existir. Poseíamos, además, la confianza ciega de la juventud. Nos bastaba con mirarnos para alejar cualquier temor acerca del presente o del futuro. Pero el tintineo de nuestras risas no pudo apagar los amargos rumores que crecían en torno a nosotros, cercando nuestra relación como la soga alrededor del cuello de un suicida.

Alfajores de miel, dulce de leche. Ningún postre me salía bien y mi ánimo comenzó a resentirse. Apenas escribía y, cuando lo hacía, me quedaba un sabor amargo en el alma. Cierta tarde incluso me olvidé de que había dejado un cazo en el fuego. Y, cuando me di cuenta, el recipiente estaba ennegrecido, y un humo denso e irrespirable llenaba mi cocina. Mis ojos, rojos e irritados, comenzaron a llorar.

En mi otra vida nos habían descubierto y fuimos castigados. Para mí, significó la vuelta a Castilla, repudiada por mi gente, sin dote y sin honor. Para Tapacutec, la expulsión de la misión tras una tanda de azotes. Aún así, consiguió hacerme llegar un mensaje: «Iré a por ti, aunque tenga que desmontar España piedra a piedra para hallarte». Tuve el tiempo justo para contestarle: «En el claustro del monasterio de Santa María la Real, el veintitrés de mayo. No importa si vienes este año, el siguiente o cuando sea. Tampoco dónde me encuentre, con quién o cómo haya cambiado mi vida. Sólo recuerda la fecha y espérame allí».

Desde entonces todo lo que cocino es insípido, no puedo escribir y mi tiempo es únicamente real, regulado por mi jornada laboral que ha aumentado tras ascenderme de categoría. Ahora gano más dinero y mis antiguas compañeras me miran con envidia, pero yo sé que hay otros modos de soñar, que éste no es el mío. Traté de explicárselo a una de ellas que estudia español y le gusta practicarlo conmigo. Pensé que me comprendería, pero apenas llegué a mi otra vida, aquella que mis palabras habían ido creando cada noche al aroma de mis guisos, me tendió una tarjeta —Peter Terk. Therapist— y puso cara de susto. Esa pobre mujer jamás había soñado nada que no tuviera como fin el éxito profesional y material, no podía entender que existen sueños con otros fines, incluso sueños sin fin. ¿No es, acaso, la vida un misterio? ¿Algo más que trabajar y hacer dinero para comprar, a precios increíbles, cosas que no necesitamos?

Fue entonces cuando me decidí. Estábamos a 22 de mayo. Tenía veinticuatro horas para acudir a mi cita, pero ¿dónde se hallaba Santa María la Real? Comencé una frenética búsqueda en Internet. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que el monasterio, que había sido levantado cientos de años atrás en pleno corazón de Castilla, fue luego comprado por un excéntrico millonario y trasladado piedra a piedra hasta los Estados Unidos en el pasado siglo, para acabar reconstruido en el sur de la Florida.

Cuando esta mañana aterrizaba en Miami y me dirigía hacia el Spanish Monastery, como lo llaman coloquialmente aquí, tuve dudas de mi propia cordura. Pero ahora que ya he llegado y acabo de recorrer su entrada enlosada, donde las plantas tropicales parecen brotar de las piedras, fertilizando la vieja espiritualidad europea con su exuberancia, no las tengo en absoluto. Esta es el alma que buscaba en el pragmático sueño americano. Un alma que habla y siente en español.

El alma de la que recela una América puritana, aunque su entrañas vacías la necesiten con desesperación, en cantidades iguales a los millones de latinos que la reparten a lo largo de su geografía, trabajando con ahínco sin renunciar a su esencia, integrando de un plumazo la herencia europea, todavía quisquillosa, y al indio; exponiendo la auténtica naturaleza de este continente, el secreto del que nadie habla en el norte: América es mestiza, le pese a quien le pese.

Cierro mi cuaderno y alzo la mirada saboreando el sosiego de este lugar. Ha comenzado a caer una lluvia fina que moja las plantas del jardín central del claustro y se mezcla con las piedras centenarias, emanando un aroma intenso a tierra e historia, a otra vida. Es el aroma de los sueños. Ahora sé que Tapacutec ha sido fiel a nuestra cita.

 



 

Primer Premio en el Concurso del ICP 2009

GINÉS MULERO CAPARRÓS

 

Nacido en Barcelona (España), es profesor de Lengua Castellana y licenciado en Geografía e Historia. En su currículum literario constan una treintena de primeros premios en España, Estados Unidos, Francia, Italia, Méjico, Argentina, Uruguay…; más de una centena en total con segundos, terceros y finalistas. Siendo el más prestigioso el IX Concurso Internacional “Querido Borges” que le otorgaron en Hollywood (California). Publicamos a continuación su obra premiada en primer lugar en el XVIII Concurso de Narración del Instituto de Cultura Peruana de Miami.

 

 

EL BRILLO DEL ATAÚD

 

Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad. Guy de Maupassant.

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. Pablo Neruda.

 

El alfarero espera a la noche para salir con su carretilla y su pala cruzada a la espalda. Se siente como un ladrón por salir a hurtadillas, con la capa de la oscuridad como aliada. El alfarero tiene sus años, su pensión no le da para subsistir y sigue trabajando bajo la luz de un candil modelando el barro para hacer porrones y vasijas que vende en un puesto de carreteras sin pagar impuestos, con el miedo encaramado a los ojos: no quiere que le descubran y que el subsidio misérrimo se vaya a hacer puñetas por un chivatazo inopinado, la gente del pueblo tiene a veces una lengua desbocada. Tantas cosas se le han ido al garete en la vida… Por eso sale disfrazado de mendigo, con una capucha raída por las ratas, con una camisa de pana mordida por el tiempo, con unos pantalones de pana arañados por la suciedad, arrastrando el metal pesado: un muerto de carretilla. El camino hasta el lodazal no es largo, pero la artritis le lleva desasosegado, hasta tal punto, que no se sabe quién tira de qué o qué tira de quién. El viejo ha vigilado la casa baja y desvencijada de enfrente. Mala noche ésta para salir agazapado: hay ojos que brillan como luciérnagas y se clavan en la negrura como espadas de luz. La viejecita de enfrente tiene un velatorio y por su casa han pasado a mansalva familiares y allegados. Su marido se ha muerto de tuberculosis; extraña enfermedad para morir en estos tiempos modernos. Era un campesino honrado y bonachón, pero entre ellos no se hablaban, un día lo decidieron así y hasta el día de hoy... Todo el pueblo pasa en procesión haciendo los honores finales a la viuda. Hay un silencio que destroza los oídos. Sólo alguna plañidera estrella de vez en cuando su llanto hipado contra los muros interiores, pero es amortiguado por familiares que ruegan silencio, como si el apócrifo llorar fuera un pecado venial. El viejo alfarero teme que chirríen las ruedas y recorta la respiración, intentando almohadillar el ruido de su montacargas. Huele a heno, muchos pueblos lindantes huelen también a heno, otros a estiércol, con tanta granja. Nuestro alfarero piensa que aún tiene una oportunidad y eso le hace acelerar el paso por el sendero pedregoso. Ramas afiladas le rasgan el rostro arrugado haciéndole grietas sangrientas, pero no le importa, se siente un guerrero anticuado que todavía puede, a pesar de los años, conquistar. El viejo alfarero no puede llevar linternas: no quiere ser descubierto robando la tierra mojada de todos, junto a la marisma. Podría llegar al sitio a ciegas, ha recorrido mil veces el laberinto arenoso. Jadea. Ya no se ve la casa de su amor de tantos años. Se para a respirar. Quiere mirar al cielo para coger aliento, la espesura le impide ver las estrellas, pero puede recuperar el resuello. Se mira las uñas llenas de barro antiguo, sus manos parecen de lodo, sus botas están sucias de cieno. Avanza, trastabillándose, pero avanza. Se siente un hombre de barro, con la pesadez que tiene esa materia prima, pero avanza. Le lloran los ojos ancianos, le lloran y le brillan. Ve turbio, pero avanza. Le queda una, sólo una oportunidad, y la tiene que aprovechar. Cuando llega al lodazal lo inspecciona. Elige el barro húmedo de mejor calidad y hunde la pala como si entrara en la mantequilla. La urgencia le hace cavar sin descanso hasta que piensa que tiene suficiente lodo para su obra, no necesita abusar del oro marrón. Oye el siseo de una serpiente de agua. El croar de unas ranas. El viento que corta como cuchilla de afeitar. Huye apesadumbrado, tirando de la carreta con vehemencia. Cree desfallecer y sigue arrastrando, exhausto. Saca fuerzas de donde no la hay: del fondo de su alma. La carreta se queda atascada. Piensa que no la podrá sacar, que ahí se acabará su odisea, su sueño, su esperanza. Escarba como un poseso con las uñas en la tierra mojada. Una y otra vez. Inútil. Llora con lágrimas de cenagal. Se siente impotente, roto como uno de sus jarrones mal cocido, un desastre de la naturaleza. Se sienta destrozado, sin darse cuenta de la humedad del charco, sin notar las angulosas piedrecillas que le aguijonean las nalgas. No puede rendirse así. Coloca un tronco bajo las ruedas y empuja desgarrándose la piel de las manos. No le importan las llagas, no quiere perder el último resquicio de vida que imagina que le queda. Consigue extraer la carretilla con la futura pieza de arte que ahora mismo es un amasijo de tierra y agua. Vuelve destrozado y aún le queda todo el trabajo por hacer. Entra en su casa y quiere pensar que no le ha visto nadie. Se enjuaga las manos para empezar su obra. Suda copiosamente. Da gracias al santísimo por haberle dado fuerzas y permitirle salir de una muerte segura, porque si no conseguía regalarle a la viejecita de enfrente su deseo de barro, su corazón, dejaría de latir. Había esperado tanto tiempo, tiempo de silencio, de morderse la lengua… El viejo alfarero se sentó en su taburete frente al torno. Pisó el pedal como si fuera el acelerador de un coche. Acarició el barro con las dos manos mientras rodaba y lo sintió como si modelara algodón. Siguió pedaleando y acariciando una hora, dos, toda la noche, hasta estar satisfecho con su obra. Empezaba a amanecer triste: estaba nublado, una llovizna finísima empezaba a caer como quién no quiere la cosa, la atmósfera era grisácea… Nuestro alfarero hizo una tapa preciosa para la vasija. Dibujo con precisión en el barro unas figuras abstractas con un temple de precisión sublime. Miró el reloj biológico de su corazón: latía desaforado, pero eso no impedía que sus dedos se movieran con una excelsa pulcritud. Con un escalpelo repasó el bajorrelieve. Colocó la mejor pieza de artesanía que había hecho en su vida en el horno. Desquiciado, esperó que se horneara. Abrasándose las manos la extrajo y la pintó de negro. Con un pincel de pelo de caballo la barnizó para que brillara con su mejor esplendor. Con una ternura indescriptible la puso en el patio techado para que se enfriara con la baja temperatura medioambiental. Se duchó con la desazón de un jovenzuelo enamorado, embadurnándose al final de agua de colonia. Se ajustó el nudo de la corbata negra sobre la camisa blanca, la única que tenía de lycra. Se engalanó con su traje negro, el exclusivo de los entierros. Y salió de su taller con su ataúd de barro. Conocía (ya se sabe cómo funcionan los rumores en muchos pueblos pequeños), que el viejo de enfrente que le había robado su amor hacía más de cincuenta años quería que lo incineraran. El alfarero anduvo los treinta metros que le separaban de la ilusión, del renacimiento propio, aguantando una lluvia que se había hecho espesa. Entró por primera vez en la casa desvencijada de su amor secreto. La vio enlutada, pero preciosa. Preciosa y con las lágrimas detenidas en medio de las mejillas. Ella le miró con una sonrisa triste y tímida, pero sonrisa al fin y al cabo.

            –Le acompaño a Usted en el sentimiento –y le ofreció un viejo anillo de compromiso camuflado, en la base de la urna.     

 

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TRIUNFADOR EN EL CONCURSO LITERARIO 2008
XVII Concurso de Poesía y Narración en homenaje
al poeta peruano Nicomedes Santa Cruz Gamarra


PRIMER PREMIO EN NARRACIÓN
 
(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE POESÍA)

OSCAR MEDINA CASTRO

Nació en México en 1978. Estudió filosofía en la Universidad Panamericana. Trabaja en la Secretaria de Comunicaciones y Transportes de México, D.F., donde su función se concreta a atender los alcances del programa piloto, referente a la apertura del Autotransporte Internacional de Carga. El relato que publicamos a continuación obtuvo el primer lugar en nuestro concurso del 2008.


YO, EL FIDAIYIN

“No hay otro dios sino Dios y Muhammad es su mensajero”

La loa del medio día había concluido. Y yo, al estar en el vestidor para calzarme mis sandalias de hoja de palma e irme, el ulema, Abdullah, me mandó a llamar para felicitarme por el gran progreso obtenido en mis estudios de la shari’ah. Así pues, con clara alegría en el semblante, me invitó a pasar hacia un pequeño salón para comer arroz bismati mezclado con trozos de carne de cabra, un par de deliciosas zambusas y beber una copa rebosante con leche fresca de camella. Durante la comida estuvimos en completo silencio. Al concluir el platillo principal, me pasó un gran canasto de mimbre repleto de dulces dátiles, olivos y alfóncigos. Repentinamente, rompiendo la incómoda calma, habló con euforia: “Ijwan El Muslimin tiene grandes planes para ti como premio por tu esfuerzo y dedicación a Allah, el señor absoluto”. Se paró de su taburete y tomó sobre un atril su hadith. Parado, dando la espalda al occidente, hojeó algunas páginas amarillentas hasta detenerse en algún dicho. Recitó con armonía las palabras del profeta y después me pidió retirarme y cavilar durante la semana sobre lo escuchado.

Los días pasaron siéndome imposible descifrar el mensaje. Dentro de la excelsa mezquita de Azhar, al término de la alabanza, nuevamente fui requerido por el ulema, pero en esta ocasión no había comida, no había silencio y no estábamos solos. El mollah, sin presentarse, me informó las buenas nuevas. Yo era el candidato ideal para cumplir con la disposición de Allah, el ilimitado. Se escuchó su fuerte voz y observándome fijamente a los ojos manifestó: “Ahora vete y alégrate pues eres desde ahora un mahdi”.

Al salir del lugar de oración, la gente se congregó a mí alrededor e iniciaron a vitorear una y otra vez ¡Alaho Akbar! ¡Alaho Akbar!, pues la multitud me consideró una nueva esperanza. Escapé como pude de allí y me dirigí a mi hogar. En el camino, no paraba de meditar sobre la perturbante noticia, y no por negarme a realizar el propósito de Allah, el inmenso. Mi preocupación se centraba en dejar desamparada a mi pobre madre. La muy desdichada había perdido ambas piernas al pisar una mina antipersonal, y mi padre hacía más de cinco años de haberse alistado como muyahidin, y desde entonces no sabíamos nada de él. Además, yo estaba muy enamorado de Sagal Yabril, ya hasta tenía lista la dote para pedirla en matrimonio: tres chivos, dos corderos, un camello y varias mantas de fina seda traídas desde Siria.

Al llegar a casa desconcertado, inmediatamente planteé la situación a mi adorada viejecita, y a ella, se le entristecieron sus aceitunados ojos pero no lloró. Sostuvo su noble Corán con ambas manos y con palabras inquebrantables exclamó: “¡Que así sea la voluntad de Allah, el altísimo!”

Salí corriendo de mi vivienda aún con la incertidumbre y protesté: ¡el precepto de Allah es amar a tu prójimo! Continué meditando a través de los maltrechos caminos rumbo al bazar para encontrarme con Sagal. La vi, la tomé con ternura de sus suaves y largas manos y comenté lo sucedido. Y a ella, se le nublaron sus amielados ojos pero no hubo llanto. Sacó de un burdo manto su noble Corán y con un lenguaje íntegro dijo: “¡Que así sea la voluntad de Allah, el encumbrado!” Me escabullí furioso entre la multitud, pues esperaba de ella su disuasión. Alcé mis brazos en plegaria y grité: ¡el mandato de Allah es ser misericordioso y sensitivo!

Regresé a la madrasa de Osman para cumplir con el Asr. Al terminar, me acerqué con timidez al ulema, bajé sumiso mi mirada y manifesté mi desacuerdo balbuceando: sabio estudioso, éstos no son los medios como Allah quiere expandir su palabra. Y a él, se le afligieron sus almendrados ojos pero no derramó lágrimas. Abrió su noble Corán como en búsqueda de una aleya y con términos firmes expresó: “¡Que así sea la voluntad de Allah, el indulgente!” Me desvanecí del lugar de oración, me arrojé en el polvoriento suelo y prorrumpí: ¡La resolución de Allah es ser perdonador y compasivo!

A la mañana siguiente respondí al llamado del almuédano al convocar desde el alminar, me postré y recitando el noble Corán me convencí de llevar a cabo según la voluntad de Allah, el infalible. Unos toquidos arrítmicos perturbaron mi rezo y al abrir a la puerta, allí estaba una docena de hermanos musulmanes fuertemente armados y encapuchados. Me llevaron a una retirada construcción en escombros que servía como cuartel, y al llegar todas las personas presentes me felicitaron. Fui conducido a un amplio cuarto brillante con las paredes tapizadas de cuadros mal colgados de algunos ayatolas a quienes reconocí de inmediato. Se me invitó a sentarme sobre una afelpada alfombra iraní de frente a una vieja tele incapaz de recibir alguna señal alentadora del mundo exterior. Un tipo forcejeó por un rato con el televisor y al finalizar salió de la habitación. Me dejó viendo un video sobre el testimonio de otros compañeros militantes. Toda una inspiración para nuevas generaciones. Me quedé dormido del cansancio y del estrés. Al día siguiente, sin siquiera desayunar, se me daba un sin fin de indicaciones. En ese mismo momento mi cuerpo era forrado por potentes explosivos. Al finalizar, se me condujo debajo de una bandera y me pidieron recitar la “Sura de la Prohibición”. De reojo veía a una temible persona con tupida y negra barba filmarme.

Al llegar a unas cuadras de mi objetivo, el conductor sin voltear habló: “Reza a tu señor y ofrécete en sacrificio. Recuerda, tu muerte no será en vano, Allah te premiará con el reino de las huríes.” Al comenzar a caminar, sustraje del bolso mí pequeño noble Corán, se desconsolaron mis oscuros ojos y lloré. Alcé mi vista al cielo hasta quedar cegado por el sol, me detuve por un momento y en silencio recordé mi primera lección en la madrasa: ¡la voluntad de Allah, es la gracia y la paz!


Glosario:

Alaho Akbar: Dios es grande.
Aleya: versículo del Corán.
Asr: Oración de la tarde.
Ayatolá: líder religioso o político regional.
Fidaiyin: los que se inmolan por alguna causa.
Hadith: dichos atribuidos al profeta Muhammad.
Ijwan El Muslimin: la Hermandad Musulmana.
Madrasa: escuela religiosa.
Mahdi: elegido.
Mollah: líder religioso local.
Muyahidin: los que combaten en nombre de la Guerra Santa.
Ulema: estudiosos o personas entrenadas en las ciencias religiosas.
Shari’ah: parte legislativa de la religión tal como fue estipulada en el Corán y los hadices.


(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE POESÍA 2008)


(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE NARRACIÓN 2007)
(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE POESÍA2007)


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