TRIUNFADORES EN EL CONCURSO LITERARIO 2007
PRIMER PREMIO EN NARRACIÓN
 
(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE POESÍA)

BLANCA SEGARRA

Blanca nació en La Habana, Cuba. Hace 21 años que vive en Miami Beach, Florida. Desde niña escribe poesías. Su primer libro fue presentado en un famoso programa de televisión donde recibió numerosos halagos de la presentadora. En 1996 perteneció al grupo teatral “Caras Nuevas” que la presentó todos los sábados en el antiguo teatro Martí a declamar sus poemas. Hace dos años que escribe cuentos, por los que recibió cuatro premios. Varios de sus poemas fueron también premiados. Ha publicado dos libros con sus poemas, muchos de ellos se encuentran en numerosas antologías en EE. UU y España. Es colaboradora de las siguientes revistas: Minerva, Pensamiento, Nuevas Páginas y la revista trimestral Ramapo College Of New Jersey.

El relato que publicamos a continuación obtuvo el primer lugar en el XVI Concurso de Narrativa del Instituto del Cultura Peruana, 2007.


ÁNGEL

Estrella le comunicó a su empleada que debía quedarse a cargo de la tienda ese día hasta la hora de cerrar. Ella, con mucho esfuerzo, había logrado tener su pequeño negocio, una bonita y elegante perfumería en la que regularmente pasaba todas las horas que la mantenía abierta; pero este día se sentía muy extraña con una rara incertidumbre que no lograba descifrar. Había pasado la noche con unos incomprensibles sueños como de encuentros que, a pesar de no ser pesadillas, la inquietaron. Decidió caminar por el parque frente al mar, respirar aire puro y tranquilizarse con la ayuda de la naturaleza.

Vivía de su casa al trabajo y en ese momento necesitaba recrear su vista.
Sin llegar a la arena se sentó en un banco, desde el cual podía contemplar el mar; de repente, le inquietó una extraña sensación y el corazón aceleró su ritmo sin motivo aparente. Ella sabía que en su familia materna todos morían del corazón, alzó la vista al ver que un hombre se acercaba por el camino del parque; se levantó con un esfuerzo y caminó hacia él, acortando el espacio que los separaba con idea de pedirle ayuda. Al verlo de frente, un temblor sacudió su cuerpo y repitió de modo raro: “Ángel”, “Ángel”. Se abrazó al hombre y sintió que se desvanecía. Él la cargó en sus brazos y la llevó al banco donde ella estuvo sentada minutos antes. Mientras poco a poco Estrella regresaba a la normalidad, algo mareada aun, sintió los dedos del hombre separándole del rostro sus rubios cabellos. Al recuperarse preguntó aturdida con débil voz:
─¿Qué sucedió?
─Lo desconozco, solo sé que caminaba hacia mí y, al verme, me confundió con otra persona y perdió el sentido por unos instantes. Lamento si mi parecido con alguien la alteró tanto.
─No, no sé, no recuerdo que se parezca a otra persona, caminé hacia usted para pedirle ayuda, no me sentía bien.
─Me llamó Ángel.
─¿Ángel? No tengo ningún conocido con ese nombre.
El hombre analizó detenidamente el rostro dulce de la joven y no le pareció que fuera falsa, mentirosa o loca, aunque la veía algo desorientada. En su análisis sí encontró en ella una belleza especial. Dejó de contemplarla en su interés por hallar respuesta a la confusión y le dijo amablemente.
─Mi nombre es Abel Zambrano y, si desea, podemos cruzar la calle y entrar en algún restaurante para que tome un café que la reanime si esta débil o un té si se encuentra alterada.
Estrella aceptó con un gesto y él la llevó del brazo con gentileza. El café se transformó en merienda, la merienda en charla, la charla en atracción... Ninguno de los dos sabría decir cuándo se enamoraron. ¿En el primer instante o durante la breve amistad? No lo sabían, tan sólo se dejaban llevar por un enamoramiento romántico, acaparador, intenso. Estrella jamás volvió a tener aquel extraño sueño, no necesitaba soñar, ahora vivía despierta un sueño de amor.

Todo era felicidad. Abel era escritor y, en ese tiempo, tenía un proyecto en mente. Deseaba hacer un libro sobre grandes escritores antiguos. Ella se sentía algo culpable porque él tenía un poco olvidadas sus investigaciones por dedicarle a ella tanto tiempo, tiempo que nunca les resultaba suficiente a ninguno de los dos. Se les escapaban las horas como el agua entre los dedos. Todo era miradas profundas, largos silencios tomados de las manos, risas. Apenas hablaban sobre ellos, les bastaba fundirse en un abrazo, leer uno para el otro; a veces jugaban como niños para después amarse como adultos. La mamá de Estrella se pasaba varios meses del año con su hija menor, que estaba casada y residía en otra ciudad. Recientemente la habían hecho abuela de una bebita, que ya tenía tres meses y lograba que la abuela no pensara en regresar. Por eso Estrella (Estrellita para sus familiares) podía dividir todo su tiempo entre su negocio y Abel. Le parecía increíble tanta felicidad; Abel era para ella lo más importante de su vida aunque sólo llevaban dos meses de relación, era como si siempre hubieran estado unidos. Él era maravilloso, pero como no existe nada perfecto, algo opacaba aquella felicidad: era el recuerdo que él tenía fijo en su mente de su primer encuentro, que ella, en cambio, no lograba recordar plenamente. Él insistía en saber la verdad, su verdad: quién era Ángel. Ella no sabía. Los ojos de Abel adquirían una mirada sombría, perdiendo su luminosidad. La expresión se tornaba desencantada, discutían y ella impotente nada podía hacer. Él sabía que cuando no queremos desempolvar recuerdos ni nombrar a alguien pasado, es porque aún duele, y no soportaba la negación de ella. Tenía latente en su memoria el modo en que lo llamó “Ángel”, con un tono de voz que no volvió a escucharle jamás, pero Estrella seguía diciendo que no recordaba ese momento y que no conocía ningún Ángel. Si ella deseaba hablar de su familia y su vida anterior, él la cortaba bruscamente y en tono de reproche le decía.
Cuando reveles todo referente a ese hombre y después me cuentas lo demás, primero muéstrame el corazón y luego la familia. De mí hablaré cuando seas sincera y derribes esa pared de tu pasado que está maltratando nuestro amor. Él la amaba intensamente, pero la duda, el dolor ante el silencio, crecían del mismo modo que su amor y sus celos. No podía soportar que un amor pasado de ella fuera tan fuerte como para descompensarla de la forma que lo había hecho cuando se conocieron, y en el clímax de la desesperación se preguntaba si ella lo amaba por él o por su parecido con el otro. Ante tantas interrogantes un día terminaron. Fue devastador para ambos. Ella se refugió en el regreso de su mamá que llegó acompañada de su hermana, quien estaba atravesando una crisis matrimonial y había tomado la decisión de darse un tiempo y, sobre todo, Estrella encontró un bálsamo en su sobrinita. Él retomó con fuerza la idea de su libro. En ocasiones trabajaba horas y horas sin detenerse como una máquina y, en otras ocasiones, pasaba días tirado en cualquier rincón de su apartamento con la vista perdida.

Pocas semanas después, Abel tenía muy adelantado su trabajo, sólo le faltaba escribir sobre Olimpo, un escritor muy famoso del siglo anterior. Buscó la autobiografía. Cuando tuvo el libro en sus manos, encontrados sentimientos lo embargaron al leer el nombre completo del escritor, se llamaba Ángel Olimpo. Pensó que no podría trabajar con agrado, teniendo que escribir ese nombre que tanto dolor le ocasionaba. Recapacitó, tenía que desligarse de los recuerdos; no podía obviar a ese escritor si deseba que su obra fuera completa. Dio vuelta al libro y vio la foto del autor, pudiera decir su propia foto, era él, con más años, canoso, pero él, su rostro, sobre todo y sin lugar a dudas, sus ojos, su mirada. Leyó el libro con ansiedad, voraz; casi a la mitad, al pasar una página, estaba la foto de una pareja: el autor y su esposa, Ángel y Estela. Lo dejó caer. Un frío sudor corría por su rostro, se puso de pie y volvió a sentarse varias veces sin saber qué hacer; recogió el libro y contempló nuevamente la fotografía... eran él y Estrella.
Cuando pudo reaccionar coherentemente, con mano temblorosa marcó un número telefónico. Contestó una voz desconocida pero él no vaciló y dijo:
─Deseo hablar con Estrella por favor.
Al otro lado la dueña de la desconocida voz suspiró; pasaron unos segundos y la misma voz respondió en un sollozo.  –Estrella falleció.
Nunca sabría decir cómo encontró fuerzas para hablar e indagar escuetamente lo que deseaba saber. Colgó el teléfono sin descifrar lo que sentía.
La conciencia nunca lo dejaría vivir en paz. Ella era inocente y él la culpó; ella le dio felicidad y él le devolvió desdicha.
─Un paro cardiaco.
Esas fueron las palabras que obtuvo a su pregunta. Recordó cuando la conoció. Debió darse cuenta que era débil y el sufrimiento podía dañarla. Estaba desesperado, fuera de sí, se culpaba, lloraba, maldecía.
Al día siguiente, despeinado y ojeroso fue al cementerio que le dijo la persona que le informó entre sollozos lo ocurrido. No se detuvo a preguntarse quién sería; estaba aniquilado para reparar en pequeñeces.
Al fin encontró el lugar y cayó de rodillas llorando y pidiendo perdón. Unos minutos después abrió el libro de Olimpo en la página de la foto y decía.  Miralo, es Angel, soy yo,  soy yo, somos nosotros.
Repetía lo mismo nervioso, no le importaba si había personas cerca escuchándolo. Su dolor no lo podía esconder; dejó el libro sobre la tumba y se cubrió el rostro con las manos que, a su vez, llevaba hasta su cabeza desesperadamente.
A pesar de tener los ojos cerrados pudo percibir una presencia a su lado. Levantó la cabeza y vio a Estrella o su espíritu. Sí, ella había escuchado sus súplicas y apareció a ofrecerle el perdón que él tanto le imploraba, ¿Cómo pudo dudar de ella alguna vez? Se preguntaba culpándose incansablemente. Continuaba de rodillas, cuando ella colocó su mano en el hombro masculino, logrando con eso que la mirada del hombre se transformara de dolorida en incrédula. Creyó que había muerto de dolor como ella y, por esa razón, se encontraban.
Abel no se movía, tenía miedo que de hacerlo ella desapareciera esfumándose el momento y, con él, su triste alegría de verla nuevamente. No apartaba la mirada de aquel rostro amado que él tanto había besado. Sus dedos podían dibujar sus líneas sin verlo, ya que mientras duró la relación lo acariciaba como un vicio.
Ella, melancólica y extrañada, pero manteniendo siempre con dulzura su mano en el hombro amado, realizó como un milagro el increíble instante en que él volvió a escuchar la voz de Estrella (Estrellita para sus familiares).
─Abel, ¿qué haces en la tumba de mi madre?...


 

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